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Vivimos tiempos en que resulta claro que «la realidad supera a la ficción. Mark Twain lo explicó con claridad: «(…) la ficción está obligada a ceñirse a las posibilidades; la realidad no».
La «ficción» se queda corta ante lo increíble, lo impredecible y lo enigmática que puede resultar la realidad que vivimos, cuyos giros y eventualidades son capaces de superar cualquier guión.
El subgénero narrativo de metaficción narra historias de la rebelión de sus personajes contra su creador, con la exigencia de vivir la propia historia más allá de los deseos del escritor. (1)
De igual forma todos escribimos «guiones» mentales, en los que imaginamos situaciones, escenarios y asignamos líneas a cada una de las personas que forman parte de nuestra historia. Pero como las personas qué forman parte de nuestra narrativa, no son “personajes” de nuestra narrativa, no dicen lo que esperamos, no actúan como pensamos y no siempre piensan como creemos. Y ante la falta de control nos sentimos decepcionados y esto se traduce en un sufrimiento cuya causa somos nosotros mismos.
Las falsas expectativas no se cumplen porque el universo nos demuestra que nosotros también estamos sujetos a un guion que no controlamos.
Insistir en la ilusión de ser el narrador omnipotente nos mantiene en las mismas premisas equivocadas, víctimas trágicas de eventos repetitivos y de «villanos idénticos» que justifican nuestra historia. Porque el ego, que prefiere la comodidad del estancamiento antes que la incertidumbre de la evolución. Él es quien lleva la pluma y cuenta la la narrativa.
Porque existe una diferencia abismal entre la tensión sana del creador de ficción y la neurosis destructiva de quien intenta forzar la realidad.
Cuándo la tensión se acumula y la ridigidez se mantiene, se muestra en el cuerpo. ese “… escenario donde se representan los conflictos que la mente aún no ha podido resolver” (2)
La ansiedad, el insomnio o el agotamiento crónico son simplemente el crujido de nuestro propio «personaje» sosteniendo un decorado que se cae a pedazos. El sufrimiento aparece cuando la energía que deberíamos usar para vivir la gastamos en pretender controlar.
Creer el lema «Tú creas tu propia realidad», entendido como un poder mágico para manifestar eventos, controlar a las personas o decidir exactamente qué va a pasar, nos da de bruces contra la realidad. Lo que la crea son nuestras elecciones, con sus aciertos y sus errores, esos que tanto nos incomodan, pero que las más de las veces se convierten en los actos más interesantes de nuestra historia.
Cada uno recorremos nuestro viaje y todos formamos parte del viaje de alguien más. Muchas personas nos acompañan, unas lo facilitan otras lo complican, pero todas colaboran hacia el propósito de esa historia.
Pero a diferencia del «el viaje del héroe” como lo popularizó Joseph Campbell que en la literatura termina cuando se regresa a casa con el elixir, en nuestra vida el viaje es circular o, mejor dicho, en espiral. Una vez que se vuelve se crea una nueva normalidad, y la mañana siguiente la vida llama a una nueva aventura, porque lo único permanente es la continua transformación.
La alquimia antigua habla del proceso de la calcinatio (la purificación por fuego). Metafóricamente, eso es lo que vivimos en este «eterno viaje». Se queman las expectativas, los apegos, las máscaras, el orgullo, las viejas identidades que ya no nos sirven y la ilusión de control. Ese «yo» que cambia constantemente, que comete errores y que experimenta la dualidad la luz, la sombra, el éxito, el fracaso, la alegría, la tristeza. Pero lo esencial permanece. El observador silencioso que está detrás de los ojos, esa conciencia limpia que no se quema con el fuego ni se ahoga con el agua.
«Un personaje, caballero, puede siempre preguntar a un hombre quién es. Porque un personaje tiene verdaderamente una vida propia, marcada con caracteres especiales, por lo que es siempre alguien. Mientras que un hombre… un hombre puede no ser nadie.»
— El Padre, en «Seis personajes en busca de autor».
No estoy descubriendo el hilo negro y puede resultar demasiado obvio, sin embargo, si nos damos un momento para mirar aquello que no esperábamos que sucediera en nuestra vida y que aún nos cuesta aceptar, tal vez podemos trabajar en ello y vivir con mayor fluidez.
Una gran obra la logra el autor que escucha el susurro de la historia y reconoce el pulso de cada uno de sus personajes. La nuestra requiere que colaboremos con lo que la vida propone para escribir el siguiente párrafo con una nueva piel que nos cubra en la siguiente página.
El mundo no es más que ese lugar común, donde nuestras historias coinciden.
Tere Hergom.
- Continuidad de los parques, de Julio Cortázar y Borges y yo o Las ruinas circulares, de Jorge Luis Borges son un gran ejemplo.
- Georg Groddeck.