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«Las cosas no desaparecen hoy en la oscuridad, sino en el exceso de iluminación.»
— La sociedad de la transparencia Byung-Chul Han
De entre todas las páginas del libro No soy un robot de Juan Villoro, me detengo en una información desconocida para mi del biólogo molecular argentino Alberto Kornblihtt quién escribe: “nadie cuenta que la vida se originó cuando los días duraban 9 horas {…} habitado por invisibles organismos, el paisaje dominante era gris. Tiempo después (hace 2.500 millones de años), cuando el día alcanzó las 13 horas, se produjo el gran evento de oxidación y surgieron las piedras de colores. Fue necesario un día de 16 horas para que una célula bacteriana se convirtiera en mitocondria con un núcleo capaz de alojar al ADN.
Hace 540 millones de años el día duraba 21 horas. Entonces surgieron los invertebrados y luego los peces. Los reptiles aparecieron en un día de 22 horas.
{…} hace 150 millones de años, con días de 23 horas y seis minutos, se desarrollaron las aves y las plantas. En un día de 23 horas y media, África y América del sur se separaron, formando el océano Atlántico. {…} Durante un día de 23 horas y 36 minutos un asteroide de 10 km de diámetro impactó la península de Yucatán y su polvareda oscureció el cielo, provocando la extinción de muchos grupos de plantas y animales, incluidos los más mediáticos: los dinosaurios”.
Podriamos pensar que con el aumento de horas del dia nos volveremos mas productivos, pero no debemos obviar el factor tiempo. Hoy que somos los habitantes de un mundo con días de 24 horas estamos reduciendo significativamente las que deberían ser para el descanso.
Villoro lanza una alerta: frente a ese avance a través de miles de años está la prisa de estos tiempos. La hiperconectividad que no pausamos, el agotamiento y el desconcierto por la sobre información y la confusión que genera. Advierte que de seguir así, acabaremos por reducir las horas del día a pequeños instantes al igual que las posibilidades de pensamiento crítico y profundo.
Las evidencias están a la vista, muchas personas han experimentado un ”apagón de sistema” por unos segundos, un mecanismo de emergencia que activa el cerebro como protección al sentirse forzado a rebasar sus límites. La sobreactividad, el uso continuado de pantallas, la privación de descanso y sueño son algunas de las causas mas comunes.
El efecto en los niños ya está a la vista, un cerebro bombardeado de estímulos muestra la dificultad para mantener la atención, lectura y comprensión de textos, además de mayores índices de ansiedad y aislamiento tanto por una incapacidad de interacción y comunicación social cara a cara, como por preferir la simulación que la realidad con todos sus matices.
Necesitamos recordar parar, descansar, dormir o la luz pasará de revelar a quemar.
El descanso activa un mecanismo de “limpieza” de nuestro cerebro que evita la niebla mental además de que el sueño cumple con una gran función al ser “la sombra fértil” que protege la memoria y la creatividad, donde lo aprendido durante el dia pasa de la memoria a corto plazo a la memoria a largo plazo, y así es como permanece.
Por cada persona que hoy elige desconectar y volver a lo analógico, al contacto con personas, imperfectas y reales, a procurar espacios en contacto con la naturaleza, se abre una luz que ilumina el claroscuro que nos invade.
La vida humana habla de la alternancia de la luz y la oscuridad. En la oscuridad ocurrió nuestra gestación y en la luz nos manifestamos a la vida. La penumbra es esa estación indispensable y necesaria donde habitan latentes las ideas, las posibilidades y la potencia, el silencio, la reflexión y la comprensión.
Jorge Luis Borges que falleció en 1986 no llegó a experimentar nuestra era pero vivió su ceguera como una «apacible penumbra», una oportunidad para mirar su pensamiento, una forma misteriosa de iluminación. Su reflexión resulta útil en estos tiempos.
«Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos: ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven. La luz desmedida produce la misma ceguera que la oscuridad absoluta.»
— Ensayo sobre la ceguera. José Saramago
Tere Hergom