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CRECIMIENTO EN CONCIENCIA

UN MUNDO DE ADOLESCENTES

Adultos Heridos, Jóvenes Desorientados

Photo by Isaac Weatherly on Pexels.com

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Vivimos en una época que parece atrapada en un eterno tránsito adolescente.

No importa la edad biológica: los adultos arrastran heridas emocionales que nunca fueron sanadas, aprendiendo a sobrevivir sin haber aprendido a sentir. Mientras intentan educar, orientar y amar a las nuevas generaciones con herramientas rotas, heredadas de padres que no supieron manejar sus emociones, la cadena de repeticiones inconscientes continúa, y mientras tanto, el mundo se llena de adolescentes que no pueden aprender de quienes no pueden enseñar.

Generaciones sin brújula emocional

Muchos de los adultos de hoy nacimos y crecimos en hogares donde las emociones eran algo que se callaba o no se atendía. Padres y madres que venían de contextos de carencias, guerras, migraciones, represión o miedo, que no pudieron darse ningún lujo, ni el de detenerse a mirar hacia adentro. El dolor se escondía detrás de enfocarse en salir adelante económicamente. Y el amor se manifestaba en forma de sacrificio, de comida caliente, de zapatos nuevos en Navidad, pero no en palabras, abrazos o escucha.

Así, aprendimos a reprimir la tristeza, a silenciar el enojo, a avergonzarnos del llanto y a evitar la vulnerabilidad. No se nos enseñó a mirar lo que sentíamos, mucho menos a darle nombre. Y con esas carencias crecimos, estudiamos, trabajamos, nos casamos y tuvimos hijos. Hijos que hoy, ya adultos, lidian con las consecuencias de ese analfabetismo emocional heredado.

Adultos a medias: emocionalmente huérfanos

Muchos de los adultos actuales, por más exitosos que parezcan en lo profesional o funcionales en lo cotidiano, siguen siendo niños invisibles emocionalmente. No aprendieron a regularse, a contener, a pedir ayuda, ni a reconocer límites sanos. Por eso, cuando se enfrentan a los desafíos de la crianza o la educación, se sienten perdidos, culpables, frustrados.

¿Cómo enseñar empatía si nadie te escuchó cuando la necesitaste? ¿Cómo acompañar a un hijo en su tristeza, si tú mismo aprendiste a ocultar la tuya bajo una máscara de control? ¿Cómo validar el miedo adolescente, si tus propios miedos siempre fueron minimizados?

Vivimos en un mundo donde el adulto a cargo es, un ser que adolesce de madurez emocional, atrapado en un cuerpo maduro, que se disfraza de autoritarismo, de rigidez, de distancia o incluso de permisividad extrema.

Jóvenes que no quieren ser como nosotros

No es extraño entonces que los jóvenes se rebelen. Pero esta rebeldía no siempre tiene la forma de la protesta abierta; muchas veces se expresa en apatía, en desconexión, en ansiedad, en adicciones, en el rechazo al mundo adulto que se les presenta como incoherente, emocionalmente inestable, incapaz de guiar y mucho menos de inspirar.

Ven adultos infelices, estresados, sin propósito. Ven padres que trabajan todo el día y no tienen tiempo para escucharlos. Profesores que repiten discursos vacíos pero no saben mirarlos a los ojos. Políticos que hablan de futuro sin haber entendido el presente. No es de extrañar que no quieran parecerse a nosotros.

Los adolescentes no son el problema: son el síntoma. El reflejo de un mundo adulto que ha perdido el rumbo emocional, que sigue sin atreverse a sanar sus propias heridas. Jóvenes que buscan referentes y no los encuentran. Que claman por autenticidad en un mundo lleno de máscaras. Que necesitan adultos que no sólo manden, sino que sepan acompañar.

Romper la cadena: volver a aprender

No todo está perdido. Aunque no hayamos aprendido de pequeños a manejar nuestras emociones, aún podemos hacerlo. Educar no significa tener todas las respuestas, sino estar dispuestos a buscarlas junto con nuestros hijos. A reconocer cuando nos equivocamos. A pedir perdón. A abrir espacios para sentir y conversar.

Sanar no es un evento, es un proceso. Empieza con el coraje de mirar hacia atrás, de reconocer lo que nos faltó, sin usarlo como excusa para no cambiar. Es entender que repetir no es destino, que podemos convertirnos en los adultos que necesitábamos cuando éramos niños.

El futuro será emocional o no será. Ya no basta con formar jóvenes productivos: necesitamos formar seres humanos empáticos, conscientes, capaces de amar sin miedo, de poner límites sin violencia, de construir vínculos desde el respeto y la presencia.

Un nuevo modelo de adultez

Quizá ha llegado el momento de replantearnos qué significa ser adulto. No se trata sólo de pagar cuentas o asumir responsabilidades legales. Ser adulto debería significar saber estar con uno mismo y con los demás desde un lugar honesto, emocionalmente consciente, abierto al aprendizaje constante.

Un adulto emocionalmente maduro no es perfecto, pero es consciente de sus límites. No evita los conflictos, los enfrenta con escucha. No impone, dialoga. No calla el dolor, lo nombra y lo acompaña. Y sobre todo, no tiene miedo de mirar a los ojos a un joven y decir: “Yo también estoy aprendiendo”.

Hacia una cultura del cuidado

Si queremos construir una sociedad más justa, más empática, más humana, debemos comenzar por lo más íntimo: el mundo emocional. Las políticas públicas, las escuelas, las familias, los entornos laborales, todos deben abrirse a una nueva alfabetización emocional.

Porque de nada sirve llenar el mundo de tecnología si no sabemos cómo nos sentimos con nosotros mismos. De poco vale hablar de inclusión o justicia si seguimos reproduciendo violencias internas no reconocidas.

Es hora de dejar de ser adolescentes eternos que buscan culpables, para convertirnos en adultos disponibles que se hacen responsables. Sólo así podremos ofrecerle a las nuevas generaciones el regalo más grande: no una perfección que no existe, sino una presencia que sostiene.

Tere Hergom

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