
Nadie lo hace por ti.
AUDIO
Las decisiones de quienes amamos nos afectan, sin duda, y más cuando suponen un rompimiento, una transformación o un nuevo rumbo que no esperábamos. Entonces sentimos vértigo.Y confundimos ese vértigo con amenaza. Pero lo que verdaderamente se desmorona no es la persona que se marcha hacia su verdad, sino la imagen idealizada que construimos de ella.
¿Quién puede sentirse genuinamente ofendido por la felicidad de alguien a quien ama?
La pregunta parece obvia, incluso ingenua. Pero la realidad cotidiana la desmiente. Hay muchas formas de disfrazar la ofensa: preocupación, religión, moral, familia, tradición. Se vuelve legítimo lo absurdo: “Me duele porque te amo”. “Te rechazo porque me importas”. “No puedo aceptarlo porque no lo entiendo”.
Eso, no se llama amor, sino miedo.
El enemigo no es el otro: es la falta de comprensión.
A lo que no se parece a nosotros. A lo que no podemos controlar.
El problema nunca ha sido decir “yo”. El problema es “tu” con lo que me confrontas, me desarmas, me pones frente a mis propios límites. El problema es ese “tú eres” que no acepto, que rechazo, que condeno…porque así lo creo.
Vuelvo a la pregunta inicial: ¿qué clase de amor es el que castiga la felicidad del otro?
Lo que no se comprende, se combate. Ver diferencias divide, confronta.
¿Qué libertad hay en la negación? ¿Quién puede creer amar a otro mientras le niega ser? ¿Quizá alguien que no se lo ha permitido a sí mismo?
El amor, el verdadero, no cabe en una caja que lo delimite. No conoce peros, no pone cláusulas o excusas.
El amor no debería necesitar pancartas, ni etiquetas, ni fechas para existir dignamente. Las marchas, que en su origen fueron un grito necesario frente al silencio y la violencia, terminan siendo un recordatorio de que aún no sabemos vivir en la unidad.
Olvidamos, o quizá no nos enseñaron, a acompañar mas que controlar, a escuchar más que a replicar, a comprender mas que a rechazar.
La vida es esa extraña circunstancia que nos presenta a personas a lo largo del camino. Algunos viven dentro de un círculo cerrado, sin cuestionamientos ni afrentas que pongan en entredicho todo su sistema de vida y creencias. A otros nos agrada “navegar distintos mares”, porque apreciamos la posibilidad de asomarnos desde ventanas muy diferentes de las que acostumbrábamos a mirar.
Esto no solo abre nuestra mente sino que nos lleva a constatar que los sueños, los anhelos y los miedos, no tienen raza, ni credo, ni posición social. Que el respeto es la llave para descubrirnos mutuamente. Y que si podemos hacerlo con desconocidos, ni duda cabe que con aquellos a quienes más amamos, debería ser por descontado. Pero es cierto que los más cercanos son los que más nos «alteran», porque son los que más nos importan o porque creemos que tenemos alguna clase de «autoridad» sobre ellos.
Acompañar significa estar al lado, compartir y estar juntos, representada por la acción de compartir el pan.
Hacerlo con los hijos es una tarea más honda: acompañar implica humildad, ternura, presencia, a sabiendas de que no nos toca decidir la vida que habrán de escoger. Negar sus elecciones, sería como negarles la vida misma.
Nos toca amarlos. Escucharlos. Superar nuestros miedos. Porque el milagro de dar vida implica libertad y la garantía de un amor incondicional que, si no existe, les priva de confianza de por vida.
Así, el verdadero desafío no está en entender sino en acompañar a quienes amamos. Para que vivan plenamente su verdad, aunque no se parezca a la nuestra. Ese es, quizá, el acto más puro y real de amor.
El amor —como el alma— no necesita justificarse, ni alzarse sobre los demás para ser válido. El amor solo pide espacio.
Ojalá muchos padres despierten a la tarea pendiente. Ojalá muchos hermanos reconozcan el deber no asumido. Ojalá muchos amigos admitan que nunca se detuvieron a dar su reconocimiento. Estamos hablando de amor. Por Dios, solo de amor.
Y no hay amores de primera y de segunda. No hay familias reales y otras que lo son a medias. No hay afectos dignos y otros que deban ocultarse. Pero mientras lo sigamos gritando, parecerá que sí. Y es ahí donde los intereses se aprovechan: instrumentalizan nuestras diferencias, exacerban nuestras heridas y manipulan nuestra necesidad de pertenencia para dividirnos, aún más.
¿Dónde queda entonces lo esencial? ¿Dónde queda el derecho a simplemente ser, sin que nos clasifiquen, nos agrupen, nos politicen?
No deberían necesitarse movimientos para pedir igualdad, respeto y libertad.
Y aunque sé que no es el mundo que hemos construido, elijo creer en una humanidad que no necesita etiquetas para mirar con amor. Que no exige uniformidad, pero sí respeto.
Una humanidad que ofrezca la posibilidad de vivir sin miedo y de amar sin permiso.
Tere Hergom.