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CUENTOS CORTOS

LA EPIFANÍA DE LOS RECUERDOS

Pese a todo, la navidad es aún ese sonoro recuerdo de alegres villancicos.

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Llega diciembre y la melancolía me sobrecoge. Inevitable desde aquella cena, la última del abuelo portugués… y de papá también. 

Luego me volví casi grinch con las excesivas fiestas, la emotividad exaltada, las obligadas compras y los exigidos desvelos. Y sin embargo, cada año me entusiasma decorar para ellos, mis niños. 

Ahora me doy cuenta que es a causa de ella. Los recuerdos de la niñez salen al rescate porque no puedo olvidar cómo nuestra casa se llenaba de música. Mamá, radiante, dedicaba horas a poner el nacimiento, que cada año se extendía más dentro de ese espacio que parecía haber sido hecho para ello. Incluso me cuesta recordarlo cuando no era navidad.  

No olvido el río hecho de espejo y papeles brillantes y transparentes, que se convertían en su cauce; hasta metía los dedos, segura de que se humedecerían en el agua que bebían los peces. Y cada una de las figuras que mamá cuidadosamente acomodaba, recreando una estampa de Belén que ha permanecido para siempre en mi memoria. 

Ahí estaba la mujer con una jícara de barro, los pastores, las casitas con tenue luz en sus ventanas y el viejo dentro de una calabaza que, tiempo después, descubrimos que era idéntico al querido Pablo; los animales pastando, aunque ciertamente en diciembre era raro que se encontraran en esa extensa y verde pradera que se representaba con musgo… la imagen familiar de José y María en el portal, a la espera del niño; y los reyes magos que lejanos, majestuosos, caminaban a su encuentro.

Y cada año, antes de partir a la tradicional cena, juntos, todos, acostábamos al hermoso niño en su cuna de paja. 

Recuerdo los largos y fríos traslados hasta Lindavista, con la familia reunida y los agregados de siempre. Entonces el tío tenía perros, palomas y caballos, el jardín era muy grande y tronábamos muchos cuetes. La navidad olía a pólvora y pino; y cenábamos siempre en su salón de fiestas, al lado de la casa.

Y sí, eran las mismas caras, la misma música, los mismos chistes, pero nadie faltaba. Hasta aquella noche…

Y al otro día los juguetes al pie del árbol. 

Mi mayor remembranza es la de aquella mañana inolvidable de reyes, cuando encontramos al gatito con un gran moño azul, sus patas delanteras sobre una esfera, recostado bajo el árbol. Como yo iba todos los sábados con papá a la fábrica, lo reconocí de inmediato: era el mismo que jugueteaba entre las cajas conmigo; pero antes de que pudiera abrir la boca, mamá me cargó y me llevó con ella. No recuerdo qué me dijo, pero no comenté nada. De todas formas para mí era claro que los reyes por algo eran magos: sabían qué mascota necesitaba un hogar.  El regalo era para ambos.

Ahora saco la caja más próxima, que contiene algunas de las figuras de ese nacimiento, busco al viejo que mamá prometió le dejaría en herencia a Pablo. Curiosamente, la primera figura que desenvuelvo del amarillento papel es el anciano de la calabaza. 

Me estremece pensarlo. Creo que supo que aquella sería nuestra “última” navidad, y decidió dejarlo arriba de todo. 

Tere Hernández. Diciembre, 2012

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