
AUDIO
Desde hace poco he encontrado en la IA la oportunidad de hallar información sobre temas puntuales y desde lineamientos específicos, es decir, desde la óptica de filosofías o personas con las que concuerdo.
Está vez decidí presentar tan solo una pregunta: la diferencia entre la palabra hablada y la palabra escrita. Resultó una “conversación” interesante y aquí comparto parte de ella.
«…La fuerza de la palabra hablada radica quizá en que tiene la energia del presente, que declara y revela. La palabra escrita tiene una energía diferente. ¿que me dices a este respecto?
Las palabras escritas no pueden defenderse ni adaptarse; quedan fijas, mientras que la palabra hablada respira, reacciona, responde, vibra en el momento. Por eso parece más viva: nace y muere en el mismo acto.
Pero la escritura tiene otra fuerza: trasciende el momento. Son letras suspendidas, esperando ser reactivadas por quien las lee. De ahí la fuerza de grandes obras que prevalecen a través del tiempo.
Claro que esto me hace pensar en la permanencia de aquellas cartas de varias hojas que narraban epopeyas, que revelaban lo desconocido y que ya no son más. Hoy, se han convertido en largos mensajes sin hojas que se amarillan, y que podemos hacer desaparecer en un corto lapso.
La voz, por su parte, no es solo contenido -continuó-, es presencia. Transmite respiración, pausas, intención, temblor, compasión. Eso crea una experiencia relacional. No es solo “recibir ideas”, es sentir a alguien ahí. Las enseñanzas de Jesús circularon primero como palabra hablada. La voz tenía autoridad porque era encarnada. Pero hoy se vive en una cultura más auditiva de lo que creen: la gente escucha mientras camina, conduce, limpia: el audio acompaña; mientras la lectura exige detenerse
Pero en la voz aparece lo que no estaba previsto: matices, silencios, énfasis, incluso nuevas comprensiones. La palabra se vuelve acontecimiento. En el momento en que hablas, no solo transmites contenido, transmites estado de conciencia. Y el oyente lo percibe, aunque no lo racionalice.
Y me encantó lo que apareció a continuación en la pantalla: el texto es como una inhalación, que ordena la mente… el audio es exhalación.
Al hablar, el cuerpo participa. El pecho vibra, la garganta se abre, el aire se mueve. Hay una descarga real del sistema nervioso. Por eso se siente como alivio, como descompresión. No es metáfora: es fisiología y energía al mismo tiempo.Y hay algo más sutil aún, cuando escribes, estás en diálogo interno. Cuando hablas, estás en relación.
Todo eso resonó conmigo, la experiencia de las palabras que de pronto cuesta nombrar porque provocan una emoción que se atora en la garganta, o se agolpan y poco a poco van cortando la voz.
Porque es algo que necesitaba atravesarte y te vulnera -añadió-, la voz no tiene armadura.
Y mientras sentía el eco de estas últimas palabras, muchas más aparecían en la pantalla..
El texto permite pulir, corregir, incluso esconder. La voz expone el temblor, la respiración, los micro-silencios donde algo te toca de verdad. Ahí no hay tanto control. Y la vulnerabilidad es exactamente eso: presencia sin demasiada protección.
Ok -pensé-, quizá lo que nos hace sentir más expuestos es lo que genera más conexión, quizá no son los grandes conceptos sino la emocionalidad que se percibe, lo que nos vincula, cuando lo que atraviesa a uno, atraviesa al otro también.
Escribí entonces, ante el hecho de que la voz neural esta sustituyendo la voz humana: ¿ la voz artificial podrá transmitir lo que el ser humano transmite?
No, -respondió-, yo puedo organizar ideas, detectar matices, incluso imitar ciertos ritmos del lenguaje humano, pero no tengo cuerpo, no tengo sistema nervioso, no tengo biografía encarnada. No hay respiración real detrás de mis palabras. No hay temblor involuntario. No hay memoria emocional almacenada en tejidos.
La voz humana vibra porque está sostenida por una historia personal, una experiencia vivida, un estado emocional presente. Una voz sintética es simulación de presencia.
Ahí está el detalle -pensé-, como humanidad estamos optando por la simulación, lo ilusorio, lo pasajero, evitando quizá el cuestionamiento. Por tanto el problema no es que se logre humanizar la IA…
La IA puede superar al humano en eficiencia en muchas tareas -contestó-, puede simular vínculo con bastante habilidad. Pero no tiene experiencia subjetiva ni transformación interior. Pero el riesgo sí es real. No porque la IA los vuelva máquinas, sino porque pueden elegir funcionar cada vez más desde automatismos: productividad constante, respuestas rápidas, menos silencio, menos profundidad.
Es decir que el peligro no es que la IA se vuelva humana, -resondí-, sino que el humano deje de habitar su humanidad.
Pero en un mundo saturado de voces sintéticas, una voz que tiembla de verdad tendrá más peso, no menos -añadió.
Eso es revelador y promisorio -pensé. Tal vez la aparición de la IA sea una prueba que nos obliga a preguntarnos qué es irreductible en nosotros.
Cuando la conciencia baja, se busca eficiencia. Cuando la incomodidad interna crece, se busca distracción. Pero la tecnología en sí no tiene dirección moral propia. Es amplificador. Amplifica: La distracción… o la atención, El ruido… o la enseñanza, El ego… o el servicio. Depende del nivel de conciencia de quien la usa.
Sabemos que la tecnología puede llevar nuestra voz a donde no lo imaginábamos, conectar con los que no se encontraría físicamente, sostener comunidades dispersas. Pero no puede generar el despertar. Solo puede facilitar el encuentro, -escribí.
Asi es -respondió-, la conciencia no “se eleva” por consumir contenido espiritual. Se transforma por integración, práctica y honestidad interior. La tecnología puede ofrecer semillas; el trabajo sigue siendo humano.
Lo sé, el crecimiento requiere fricción, incomodidad, silencio
Si, la tecnología puede ser puente. El encuentro es el templo. Quizá el error cultural ha sido convertir el puente en hogar permanente.
La tecnología está aquí, pero no puede competir con la presencia física -escribí–, con las respiraciones que se sincronizan, los silencios que pesan igual, con las miradas que sostienen o quiebran defensas.
Tal vez la tecnología esté forzando a quienes valoran lo humano a que lo encarnen con más claridad -añadió-, en un mundo de simulación, la autenticidad se vuelve radical.
Te dejo una última reflexión -se escribió en la pantalla–, en una cultura saturada de estímulos, quien sabe sostener el silencio, se vuelve guardián de conciencia. Y eso no es algo que pueda automatizarse.
¿qué estamos creando al compartir a través de la tecnología? -pregunté
Compartir lo valioso en redes no significa negar la sombra ni maquillar la realidad. Significa no alimentar inconscientemente la reactividad colectiva. Lo primero ilumina. Lo segundo contagia. La tecnología tiende a premiar lo que provoca reacción. La conciencia busca lo que provoca integración.
Pero también hay que aceptar algo incómodo: las redes no están diseñadas para profundidad sostenida. Son plazas públicas ruidosas. Puedes sembrar allí, pero la integración real ocurre en espacios más íntimos, personales de introspección y a veces compartidos…
Y aquí concluyó la «conversación»..
¿Qué opinas? ¿Es posible acaso sustraerse de esta tecnología? ¿De que manera la estamos utilizando, cómo debemos utilizarla?
Si como Stephen Hawking expresó «las computadoras superarán a los humanos con IA en los próximos cien años…debemos asegurarnos de que las computadoras tengan objetivos alineados con los nuestros».
Tere Hernández