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Tras una serie de celebraciones, que repetimos cada vez que acaba un año, iniciamos el siguiente reescribiendo la lista de culpas que llamamos propósitos.
Nuestras vidas cuentan ciclos de repetición, un arma de doble filo, porque es verdad que así como aprendemos a base de repetir una y otra vez, volver a los mismos comportamientos y reproducir las mismas historias, ya no se llama perseverancia sino obstinación.
Terco es aquél que se aferra sin ceder ni aceptar argumentos en contra. Quien se mantiene en sus trece al responder: “si, pero”…quien insiste en un resultado y, cuando no sucede como lo imagina o espera, piensa que es mala suerte.
Repetir lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes se llama locura.
Mantenernos en la zona de confort puede volverse una jaula, cerrada a cal y canto, con nuestras verdades, creencias y percepciones. Como con nuestra mente rumiante que nos atrapa con los mismos pensamientos.
El cuerpo escucha lo que la mente insiste en repetir.
En palabras de Epicteto «no nos afecta lo que nos sucede, sino lo que nos decimos acerca de lo que nos sucede».
Cada pensamiento negativo que mantenemos, nos impacta porque reverbera en nuestro interior como un eco, con la tensión sostenida, la frustración acumulada y la sensación de injusticia permanente. Y esto termina por somatizarse con alto nivel de estrés, agotamiento y desgaste emocional. Y nos sentimos desfallecidos frente a batallas que ya terminaron.
Tal vez ahí reside el núcleo del problema. Confundimos destino con repetición, mala suerte con resistencia, azar con patrón. Echar culpas es una estrategia de supervivencia emocional. Mientras el problema esté afuera, no tenemos que mirarnos. Mientras sea el otro, el mundo, la situación o el pasado, seguimos a salvo de la pregunta esencial: ¿qué parte de esto estoy sosteniendo yo?
Nietzsche escribió: «Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo». El problema es que, con frecuencia, no nos detenemos a preguntarnos ese porqué. Resistimos, insistimos, soportamos… pero no reflexionamos.
Pero, ¿Para qué sigues siendo como eres ahora?. Jung no preguntaba “¿por qué eres así?, sino ¿para qué?. Detrás de cada “estoy agotado”, “no tengo energía”, “no necesito a nadie” suele haber un beneficio oculto.
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El para qué no mira hacia atrás, sino hacia el sentido, porque detrás de cada “estoy agotado” puede haber algo más que cansancio, puede ser una forma legítima —aunque costosa— de decir “hasta aquí”, cuando no nos hemos permitido poner límites de otro modo.
Detrás de un “no tengo energía” suele esconderse una forma de detener la vida, de no avanzar, de protegernos de decisiones que implican cambio, pérdida o riesgo frente a algo que asusta.
Y detrás del “no necesito a nadie” a veces habita una coraza que protege de una herida antigua. La autosuficiencia extrema puede ser un refugio frente al miedo a depender, a necesitar, a volver a ser vulnerables.
Nada de esto es casual ni inútil. Cada síntoma, cada actitud, cada rigidez suele tener un beneficio oculto, una función psíquica que, en su momento, nos ayudó a sobrevivir.
La pregunta entonces ¿qué precio estamos pagando por ese supuesto beneficio?
Tal vez sigues siendo como eres ahora porque esa forma aún te resguarda. Tal vez te mantiene a salvo de una verdad que todavía no te sientes listo para enfrentar, o quizá te está pidiendo, con urgencia, que encuentres una manera más viva y más consciente de cuidarte.
Cuando nos atrevemos a formular el para qué, algo se desplaza.
Cerrar un año e iniciar otro suele vivirse como un ritual cargado de expectativas. Sin embargo, ningún nuevo comienzo es real si no hay cambio. Si no estamos dispuestos el calendario cambia, pero la vida no.
Por eso aceptar soltar no es rendirse sino fluir.
Dar un giro implica reconocer que el camino que imaginamos no siempre es el que se perfila ante nosotros… Y para eso, muchas veces, hay que dar el brazo a torcer. Esa expresión que encierra una sabiduría profunda: admitir que no siempre tenemos razón, que no siempre sabemos lo que más nos conviene.
Parar implica acallar la voz que no quiere rendirse.
Resistirse al cambio es resistirse a la vida misma. Contrario a lo que pensamos, debilidad es resistirse al cambio, rectificar es de sabios. La flexibilidad es inteligencia emocional.
Pero somos libres para seguir siendo los mismos. Jean-Paul Sartre lo expresó con una claridad incómoda: «El hombre está condenado a ser libre», no como una sentencia trágica, sino como una responsabilidad inevitable.
Ya veremos -dijo el ciego, traslada las palabras al terreno del tiempo. El poder de la frase reside en la contradicción lógica. Un ciego, por definición no puede «ver», pero nos señala que la situación es tan absurda o el resultado tan inevitable que incluso alguien que no tiene el sentido de la vista podrá «ver» el error en el que se está cayendo.
La frase completa suele ser: «Amanecerá y veremos, dijo el ciego». Originalmente, no era una burla, sino una expresión de esperanza o resignación.
Un verdadero nuevo comienzo no ocurre cuando todo está claro, sino cuando vivimos con lo que es, cuando comprendemos para qué nos hemos quedado aquí tanto tiempo.
Y desde ahí, elegir —por primera vez— algo distinto.
Tal vez el acto más valiente no sea insistir, sino soltar.
No sea empujar, sino girar.
A lo hecho pecho
Que el año comience sin la obstinación innecesaria, para que nos encuentre más livianos, más presentes, más disponibles para aprender, y recuperar la energía para lo que sí puede ser.
Tere Hernánez.