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AUDIOREFLEXIONES CRECIMIENTO EN CONCIENCIA

HÁGASE LA LUZ

Contra la oscuridad, toneladas de luz. Recuerda que eres la suma de las personas que ayudas a brillar.

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Lo que nos mantiene vivos no es una sola cosa, ni una fórmula exacta. Vivimos gracias a una delicada combinación de necesidades biológicas —respirar, beber agua, alimentarnos, dormir, sostener la homeostasis de cada célula— y también de fuerzas invisibles que no aparecen en ningún análisis médico: el sentido, la curiosidad, el amor, el propósito, el cuidado mutuo, el deseo de continuar incluso cuando no entendemos del todo por qué.

A veces, lo único que nos mantiene de pie es la simple y profunda voluntad de sobrevivir.

Sabemos que el cuerpo necesita alimento, pero también intuimos que no solo de pan vive el ser humano. Podemos ayunar por un tiempo, pero no podemos dejar de beber, de respirar. Y aun así, hay algo todavía más sutil que nos mantiene despiertos cada mañana: la luz. No solo la luz física que regula nuestros ritmos biológicos, sino esa otra luz, silenciosa y constante, que proviene de aquello que nos vincula con la vida.

La luz de las personas que nos rodean, de las tareas que nos apasionan, de los vínculos que nos sostienen, de la complicidad que nos contiene y nos recuerda que una locura compartida quizá no lo sea tanto.

La cercanía, los abrazos, la contención… todo eso también es alimento. Todos los seres humanos, sin excepción, llevamos un brillo de luz dentro.

Una chispa que a veces arde con fuerza y otras apenas titila, pero que nunca desaparece del todo.

Esa luz interior es una lámpara que ilumina nuestros pasos. Por eso, no importa cuán largo sea el camino mientras tengamos fe en que existe luz al final de él. Pensemos en quienes se lanzaron a cruzar océanos en busca de otras tierras. No solo esperaban físicamente; su ánimo también se sostenía —o se derrumbaba— en función de si lograban o no “ver luz” en el horizonte.

La oscuridad prolongada no solo cansa el cuerpo: erosiona el espíritu.

¿Y qué ocurre cuando somos nosotros quienes nos sentimos invadidos por la oscuridad? ¿Cuando la incertidumbre nubla el futuro y no alcanzamos a ver ninguna luz al final del camino? A veces podemos compartir nuestra luz, otras necesitamos que nos iluminen.

En esos momentos, lo que sostiene la vida es algo tan básico y tan profundo como recobrar el aliento.

Recordar que la vida no es una línea recta ni un destino fijo, sino una aventura. Una travesía que se sostiene, casi siempre, en la esperanza de encontrar un rumbo adecuado.

No todos los caminos llevan a Roma. Algunos nos pierden, otros nos retrasan, otros nos desgastan. Y aun así, incluso en los desvíos hay aprendizaje. Por eso una palabra basta, una sonrisa, un encuentro inesperado o un abrazo para reorientarnos y reconstruírnos.

Para alimentar el espíritu. Para recordarnos que estamos acompañados siempre.

Dicen algunos estudios —citados incluso en divulgaciones científicas— que el ser humano solo deja de emitir luz cuando duerme o cuando muere. Más allá de la literalidad de esa afirmación, hay en ella una metáfora poderosa: mientras vivimos, algo en nosotros irradia. Y quizá eso sea lo que nos permite aceptar el silencio, la espera, los tiempos de pausa. No como castigo, sino como gestación.

Por eso, al final de este año, solo una consigna parece suficiente: solo abrazos de luz se permiten.

¿Y qué es un abrazo de luz? Es mucho más que un gesto físico. Un abrazo de luz nace en lo más profundo del espíritu. Es un acto silencioso en el que conectamos nuestra existencia con el amor que habita en el corazón. Es una vibración que no conoce barreras, que atraviesa distancias, miedos y expectativas. Cuando enviamos un abrazo de luz —incluso sin tocar— estamos compartiendo energía vital, afecto, presencia.

Estamos diciendo: te veo, te acompaño, existes.

Cada saludo cargado de buenos deseos, cada “cuídate”, cada bendición, cada pensamiento amoroso es una forma de energía compartida. Aunque no la veamos, esa energía eleva nuestra frecuencia, nos recuerda que pertenecemos.

Un verdadero abrazo de luz irradia calidez, alegría y paz, tanto al darlo como al recibirlo. Puede dirigirse a la familia, a los amigos, a la pareja, pero también a desconocidos, e incluso y sobre todo, a nosotros mismos.

La luz es vasta. Abarca el amor, la claridad, la pureza, la energía vital, la dimensión espiritual de la existencia. Es el flujo que atraviesa todo el universo. Por eso, desde tiempos antiguos, la luz ha sido asociada con la vida, con la trascendencia, con aquello que permanece incluso cuando el cuerpo ya no está.

Esa imagen del túnel oscuro y la luz al final del camino habla, en el fondo, de la certeza de que el amor no se extingue.

Compartir la vida con otros es como observar una vela. A veces la llama se apaga, pero puede volver a encenderse con la llama del otro. Mirar a los ojos, ofrecer una sonrisa cálida, sostener la presencia: esos gestos sencillos pueden ser el verdadero bálsamo en un día gris.

En esos días que, aunque duelan, también enseñan que incluso en la penumbra seguimos vivos, seguimos irradiando algo.

Cerrar un año es aceptar todo lo que fue: la luz y la sombra, los aciertos y las pérdidas, los caminos recorridos y los que no supimos transitar. Iniciar otro años es un acto de fe. No en que todo será perfecto, sino en que seguiremos encontrando y ofreciendo luz.

Que el próximo año nos encuentre respirando hondo, mirando con más compasión, y regalando abrazos de luz allí por donde pasemos.

Yo, desde aquí, te dejo uno.

TereHergom

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