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Hay momentos en la vida que no son destino ni llegada: son estados transitorios.
Pasillos difíciles. Unos breves e incómodos, otros tan largos que parecen devastadores. Un espacio tiempo que sucede cuando hacemos un cambio en nuestra vida o «ésta lo cambia todo», y nos sentimos viviendo entre lo que fue y lo que será.
Son por supuesto también recorridos emocionales donde al mismo tiempo sentimos emociones opuestas: esperanza y miedo, ilusión y cansancio, claridad y confusión. Y nos sentimos tan fuertes como vulnerables, tan llenos de vida como agotados, anhelando llegar y a la vez echando de menos.
Esa es la superposición, las múltiples posibilidades que coexisten antes de que algo se materialice, como lo explica la física cuántica. Por eso la transición no es incoherencia sino apertura.
En esas transiciones internas no somos una sola versión de nosotros, sino varias posibilidades conviviendo a la vez. Lo que éramos, lo que creíamos ser, lo que estamos descubriendo y lo que deseamos ser…y lo que vamos a llegar a ser. Un abanico de posibilidades en pleno movimiento: la antigua versión que se despide, la que aún está creciendo dentro de nosotros y la futura que apenas empieza a tomar forma…coexisten.
La evolución sucede cuando permitimos que coexistan. Sentir miedo no cancela la valentía. Extrañar no borra la expansión. Dudar no elimina la sabiduría.
En las culturas ancestrales se celebraban los cambios de ciclo con rituales. Pero en estos tiempos de inmediatez no les damos cabida. Y entonces nos sentimos como que una parte nuestra se queda atrás o se nos ha adelantado…
Reconocer una transición como un momento sagrado, es dejar de sobrevivirla y empezar a transformarnos dentro de ella, dando espacio a lo que sentimos, sin prisa.
Y aunque deseamos deshacernos de todas esas emociones difíciles, estas persisten y nos obligan a mirar pues son «el mensaje», incómodo, pero necesario para comprender que «nada está completamente definido hasta que es observado con conciencia».
Al tratarnos con paciencia acompañamos algo valioso que está naciendo. Lo sagrado no es lo extraordinario: es cómo te acompañas mientras sucede.
Es un periodo transitorio tu energía está abierta y sensible.
Si eludes esa carga negativa, creas un vacío que puede llenarse con miedo colectivo, cargas negativas ajenas o viejos patrones.
La presencia es tu observador «cuántico» interno: aquello que define hacia dónde colapsa tu realidad.
Podemos decirnos: “Estoy aquí para tí. No importa cómo te sientas, no te suelto la mano.” Este acto sencillo cambia el rumbo del proceso.
El miedo por ejemplo se convierte en impulso a la acción y en brújula de precaución, en motor de crecimiento y a veces en el foco que da la claridad mental que agudiza los sentidos y ayuda a centrarnos.
Quizá sentíamos abandono o enojo y no entendíamos que no se trataba de que los demás nos entendieran, sino de no habernos comprendido nosotros mismos.
En ese punto del camino es cuando entendemos que el verdadero sostén nace de tomarnos de la mano, con todo el amor que hemos esperado de otros.
Cuando logramos estar presentes con nuestras propias emociones, ya no necesitamos controlar ni rescatar las ajenas. Podemos sostener el dolor de otro sin intentar silenciarlo, sanarlo o corregirlo. Podemos acompañar sin interferir, porque solo quien puede sostenerse a sí mismo, puede amar la vulnerabilidad del otro sin miedo.
Lo que antes nos desbordaba, ahora nos conecta. Lograr comprender la transición es eliminar las resistencias.
Cuando aceptamos el proceso – con sus luces y sombras -, la vida fluye, y lo que parecía caos se vuelve transformación consciente.
No podemos apurar nuestra próxima versión pero si permitirla, si logramos que conviva el dolor con la esperanza y el duelo con el renacimiento.
Así que espira! Respira y céntrate en el aquí y ahora.
No estás en pausa, estás en creación.
Tú eres el puente, el cruce y quien lo atraviesa.
Elige. Pero lo que elijas que sea primero estar para ti.
Tere Hergom
Basado en el texto de Kishori Aird “ADN y Elección Cuántica”
