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“En occidente no nos enseñan a ser simples testigos sino a siempre a intentar arreglar las cosas, y cuando no están rotas las rompemos, porque necesitamos encontrar significado a nuestra existencia” (1)
La mayoría tenemos momentos vividos de los que no nos sentimos orgullosos. Momentos que quizá presenciaron otras personas y los han olvidado, más fácil que nosotros que los hemos guardado en el “archivo de asuntos sin resolver».
Nadie es infalible. La búsqueda de la impecabilidad en los actos, en las palabras y en los pensamientos, es una tarea de por vida. Precisa de honestidad e interiorización para reconocer esos Triggers o disparadores que detonan a nivel físico y emocional.
Si sufres ante lo que observas no solo se trata de la «realidad» que sucede fuera, sino también de cómo te afecta. Estamos presenciando hoy, como quizá ha sido a lo largo de toda la historia de la humanidad, horrores terribles. No entendemos la capacidad de muchos de no ver el daño que infligen con sus palabras y actos, y cómo nos han «arrebatado» la paz. Pero tampoco somos conscientes de cómo los nuestros afectan a otros.
Deberíamos tomar conciencia de cómo reaccionamos y de las heridas que no hemos sanado. “La vida” nos dice una y otra vez: eres tú quien lleva la herida. Nadie tiene interés en hacerte daño o en herirte intencionalmente.
En realidad todos estamos ocupados, como tú, en salvaguardar nuestras propias heridas.
Lo que vemos tiene la lente del momento y la manera cómo estamos percibiendo. La “realidad” que vemos a través de nuestros sentidos, es una fracción minúscula, la punta del iceberg. Tiene una lente que filtra y lo aumenta todo, de acuerdo a nuestras experiencias, creencias, emociones y conocimientos. Por ello no es una copia objetiva del mundo.
Nuestro cerebro es nuestro «maestro de la percepción» que determina cómo interpretamos lo que vemos. Por ello la “realidad” no es la misma para todos.
Esto me recuerda el cuento de Bucay de el hombre que se creía muerto. Un hombre muy aprehensivo de sus enfermedades y sobretodo muy temeroso del día en que llegara la muerte. Un día, entre tantas ideas locas, se le ocurrió quizás ya estaba muerto, y le pregunto a su mujer si lo estaba. Ella rió, y le dijo que se tocara las manos y los pies, si estaban tibios eso querría decir que estaba vivo, y a él la respuesta le sonó muy razonable.
Semanas después salió bajo la nieve a hachar algunos árboles. Y, sin pensarlo, se pasó la mano por la frente y notó que sus manos estaban frías. Acordándose de lo que su esposa le había dicho, se quitó los zapatos y confirmó con horror que sus pies también estaban helados. En ese momento no le quedó ninguna duda de qué estaba muerto, así que se tendió en el piso helado con las manos en cruz sobre el pecho y los ojos cerrados. Cuando se acercó una jauría pensó: ¡qué suerte tienen que estoy muerto, que si no, yo mismo los echaba patadas!… no hace falta contar el final de esta historia.
Cuando vemos todo apabullante necesitamos tomar distancia, cómo al observar desde la ventana del avión, desde donde todo se dimensiona mucho más pequeño.
Pero no solo afectamos a otros, el primer daño lo hacemos a nosotros mismos, cuando nos erigimos como jueces implacables.
Como fiscal de uno mismo realizamos autoevaluaciones tan rigurosas, críticas y escrupulosas en busca de fallas, debilidades y contradicciones internas, que nos mantienen culpables y de la misma manera que nos vemos, miramos a los demás.
Lo contrario sucede cuando nos empeñamos en una auto justificación excesiva actuando como un abogado defensor que presenta su alegato y trata de detectar, entre los miembros del jurado, a quienes concuerdan y resuenan con él.
De la misma manera, cuando nos explicamos, solo escuchamos a las personas que coinciden con nosotros. Así reforzamos nuestra visión particular sobre un hecho. Nos empecinamos en él y nos mantenemos en el conflicto, porque la herida se mantiene activa y creciendo.
Cada ser humano lleva dentro de sí dos voces, una de las cuales le susurra la verdad desnuda, y la otra le falsea la realidad para que pueda soportarla….El hombre no soporta enfrentarse a sí mismo, por eso llena su vida de ruido, de trabajo, de conversaciones vacías, de estupefacientes, de cualquier cosa que le haga escapar…Quizás la respuesta no sea buscar, sino dejar de huir».
Fiódor Dostoievski
Procurarse es permitirse conocerse, cuidar la autoestima, tratarse con respeto y priorizar las propias necesidades.
«Observa cómo las adicciones a emociones, sustancias o comportamientos se disuelven cuando ya no te identificas con la falsa historia de que estás roto y, en cambio, descansas en la verdad de tu yo luminoso e ilimitado» (2)
Nadie te puede salvar de ti mismo, pero otros pueden colaborar para que puedas comprender mejor lo que te afecta.
Por eso el encuentro con otros puede ser tan enriquecedor.
Esto supone reconocer cuando necesitamos de otro. La escucha y curiosidad genuina, nos ayuda a sincerarnos, a organizar nuestros pensamientos, a ampliar nuestra perspectiva, a dejar fluir y a identificar los puntos débiles en nuestra comprensión, para tomar decisiones quizá, más acertadas.
Atreverse a descubrir, renacer, disipar, ver, sentir y experimentar es la verdadera revolución y el verdadero aprendizaje. Permitirnos ser lo nuevo ofrece la posibilidad de accionar y obrar de nuevas maneras. (3)
Escucharnos activa el cerebro social: las neuronas espejo y el contacto visual que facilitan el diálogo, la empatía, la comprensión mutua y la construcción de una verdadera conexión.
No perdamos la capacidad de escucha o “en el futuro habrá posiblemente, una profesión que se llamará oyente. A cambio de pago, el oyente escuchará a otro atendiendo a lo que dice. Acudiremos al oyente porque, aparte de él, apenas quedará nadie más que nos escuche”
La sociedad del cansancio. Byung-Chul Han.
- Alberto Villoldo.
- The Shift Network
- crealidades.com/mecanismo-calibrado-sentimientos