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Nos encontramos siempre en un tira y afloja, entre lo que nuestra mente trata de imponernos y lo que nuestro corazón quiere sentir y en esa lucha, a veces, se nos rompe el corazón.
Vivimos, creamos y experimentamos nuestra vida desde dos centros: corazón y cerebro, sentimiento y pensamiento.
En nuestro tiempo, y desde la cultura occidental, las fuerzas cerebrales se han desarrollado tan extraordinariamente, que hemos descuidado el otro centro, nuestro corazón.
Aplicamos nuestra actividad mental casi a todo, utilizamos nuestras funciones racionales para reafirmar y proteger nuestro yo. Queremos llevar la lógica al terreno de la emoción y la emoción al de la lógica. Demandamos que todo se pueda demostrar, verificar, que sea científico. Usamos nuestra mente para intentar protegernos y prevenirnos más y más frente al destino, con el objeto ilusorio, de ampliar el dominio y mantener el control. Nos devanamos los sesos hasta que nos sale humo de la cabeza, y muchas veces por cosas intrascendentes. Pero cuando el pensamiento se disocia de lo de abajo, rompe con sus raíces.
Para algunos «la mente tiene razones que el corazón no comprende, por qué no tiene capacidad de pensar»
Todo se organiza y se comanda en el cerebro y no en el corazón. Seguir al corazón equivale a «dejarse arrastrar» por las emociones en lugar de analizar y decidir «conscientemente». Creen, que sentir algo muy intenso como el amor, genera ciertas sustancias que impiden que se vea todo tal y como es.
Para otros «lo que de corazón se quiere, sólo con el corazón se habla»(1)
Basta sentir el ritmo del corazón. Físicamente este músculo responde de una forma concreta antes de tomar un camino u otro, latiendo de forma específica. «El corazón sabe antes que el cerebro cuál va a ser la consecuencia de una determinada elección y, por tanto, trata de ayudarnos a salir airosos. Por eso envía al cerebro la información percibida y le invita a unirse a la labor», concluyó un estudio realizado por la Universidad de Cambridge. Otro estudio, publicado por la revista Emotion, revela que elegir sin pensar lleva a un mayor índice de satisfacción, nos hace sentir más seguros de nuestra elección y la defendemos con mayor vehemencia, porque cuando tomamos una decisión, impulsiva, aprendemos a pensar que ésta es más acorde a nuestros valores y con lo que es importante para nosotros. (2)
La frase «el corazón se agita por la mente y la mente se revela al corazón» refleja que en realidad existe una compleja y bidireccional comunicación entre el cerebro y el corazón.
El corazón es el centro sensible, no sólo una bomba que impulsa sangre, sino que posee una red neuronal propia, que envía más señales al cerebro de las que recibe, incluyendo en nuestras percepciones. En la regulación emocional ya está en la toma de decisiones. Por eso, lo que sientes en el corazón es real y fisiológicamente medible: Variabilidad cardíaca, cambios de ritmo y coherencia. Cuándo no lo escuchamos sentimos que se encoge o se rompe.
Alguna vez escuché de un hombre que pidió a Dios que abriera su corazón y al poco tiempo se encontraba en una cirugía a corazón abierto.
El cerebro es el traductor. Cuando el corazón percibe (emociones, intuición, vibraciones del entorno) el cerebro lo traduce utilizando la memoria autobiográfica – qué son nuestras experiencias pasadas -, los mapas mentales y culturales – que resultan de nuestros aprendizajes de vida -, y nuestra narrativa personal – qué es el modo en que nos contamos nuestra historia -. Así, una misma emoción (ejemplo: miedo en el corazón) puede traducirse, como peligro real o como un recuerdo de algo que ya vivimos.
No entendemos lo que sentimos: el corazón habla en un lenguaje universal y energético, mientras que el cerebro lo traduce en palabras, recuerdos y conceptos, que a veces lo limitan o distorsionan.
Creer ser «todo sensibilidad» es tan incompleto cómo creer ser «todo cerebro»
Quizá, si el corazón estuviera en el cráneo y el cerebro en el pecho, pensaríamos con amor y amaríamos con inteligencia. Pero «hoy sabemos que la confianza en uno mismo, el entusiasmo y la ilusión, tienen la capacidad de favorecer funciones superiores del cerebro. En la zona prefrontal, es donde tiene lugar el pensamiento más avanzado, donde se inventa nuestro futuro, donde valoramos alternativas y estrategias para solucionar problemas y tomar decisiones, Y está tremendamente influida por el sistema límbico, que es nuestro cerebro emocional. Por eso lo que el corazón quiere sentir, la mente se lo acaba mostrando». (3)
¡Suficiente! gritaron el corazón y el cerebro. Por fin estaban de acuerdo
El ritmo cardiaco y las ondas cerebrales pueden sincronizarse de modo que sea el corazón quien arrastre la cabeza. ¿Cómo? con la inducción del pensamiento positivo, es decir a través de emociones y pensamientos positivos y con la erradicación de sentimientos negativos como el miedo, la desconfianza o la ira.
Las personas que decidieron hablarse a sí mismas de una manera más positiva, específicamente aquellas con trastornos psiquiátricos, consiguieron remodelar físicamente su estructura cerebral, precisamente los circuitos que les generan estas enfermedades. Y esto se ha podido fotografiar con tomografías de emisión de positrones, por si necesitas seguridad científica.
La fusión entre estados de coherencia biológica, creados por el cerebro del corazón, podría llevarnos a un estado de inteligencia superior activado a través de emociones positivas. Quizás éste es un nuevo hito evolutivo en la historia de la humanidad. (4)
Disculpe la hora, pero su corazón pregunta por usted: ¿qué le digo?
Tere Hergom
El título, “El Corazón delator “,  lo he tomado del famoso cuento de Edgar Allan Poe.
Citas:
- Francisco de Quevedo
- larazon.es/sociedad/ciencia/cuando-el-corazon-decide-antes-que-el-cerebro-IG19794149/
- entrevista que La Vanguardia Digital le realizó al Dr. Mario Alonso Puig quien es Médico Especialista en Cirugía General y del Aparato Digestivo
- 20minutos.es