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AUDIOREFLEXIONES CRECIMIENTO EN CONCIENCIA

UN POQUITO DE POR FAVOR

El tiempo sin ti es empo.

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Si puedes cambiar una situación, ríete de ella y si no puedes, ríe de ti mismo por estar ahí… ese es el primer paso para convertirte en tu propio maestro.

El humor, cuando es honesto e inteligente, no solo es una válvula de escape, sino una vía profunda de autoconocimiento.

Tener humor implica humildad: esa virtud escasa que permite mirarse sin adornos, sin disfraces, sin solemnidades. Aceptar que no tenemos todas las respuestas, que las “verdades” en que creemos y enarbolamos, son elásticas, circunstanciales y a menudo absurdas.

El humor es la grieta por donde se cuela la autocrítica, que no destruye, si la permitimos, y nos transforma.

Porque cuando el humor es reflexivo, remueve nuestras creencias más arraigadas, nos enfrenta a nuestras contradicciones, y nos da —con una sonrisa o una carcajada— una perspectiva más sabia. Nos recuerda lo efímero de todo aquello a lo que nos aferramos con uñas y dientes, de una necedad entendida como sensatez.

La mayoría de nuestras preocupaciones, de nuestras teorías existenciales, son eso: humo. El humor lo disuelve, aunque sea por un instante, y nos permite aceptar el sinsentido sin desesperación, e incluso encontrarle sentido al absurdo.

Uno de los ejemplos más recordados de humor frente al horror lo ofreció Pedro Muñoz Seca, dramaturgo español, quien antes de ser fusilado durante la Guerra Civil Española, se despidió con una frase que aún resuena: “Podéis quitarme la hacienda, mis tierras, mi riqueza, incluso a mi mujer… pero hay una cosa que no me podéis quitar: el miedo que tengo.”

La risa, en el límite de cualquier momento de vida, libera.

El humor inteligente no banaliza el dolor, sino que lo sobrevuela, le quita sus garras más filosas y nos permite vivir con menos carga. Da tregua, permite respirar, ofrece un paréntesis donde la tristeza no es negada, pero tampoco empecinada.

El humor es eso: cambiar la perspectiva, alejarnos de lo innecesariamente complicado, recordarnos que lo simple es por lo general la respuesta más sabia.

Como en la célebre anécdota de Sherlock Holmes y Watson, donde el genio lógico despierta a su amigo durante una noche de campamento y le dice:
—Watson, mira las estrellas. ¿Qué ves?
—Millones de estrellas, Holmes.
—¿Y qué deduces de eso?
Watson se lanza a elucubrar sobre la posibilidad de vida extraterrestre, los misterios del universo y la vastedad del cosmos.
Holmes lo interrumpe:
—Watson, no seas idiota… quiere decir que nos han robado la tienda.

Nos tomamos tan en serio la vida, nuestras ideas, nuestras penas, nuestras batallas, nuestras heridas… no solo quedan tatuadas en el alma, sino que las marcamos en la piel para no olvidarlas… Y cuando perdemos la capacidad de reírnos de ellas, caemos en la trampa de la necesidad de tener razón, ser víctimas, controlar todo. Por eso muchas de nuestras depresiones, nuestras ansiedades, y nuestras noches más oscuras tienen en común la ausencia de risa.

El humor usa disfraces o te exhibe, en una ironía, tan temida, como el niño del cuento de Andersen que grita: “¡El emperador está desnudo!”, el humor nos expone sin anestesia, pero con ternura.

La seriedad no acepta. Rechazamos el presente, nuestro ahora, quizá por eso las fotos que nos toman no nos gustan… hasta que pasa el tiempo.

Reírse de uno mismo es presente, pasado y futuro, en tanto vemos lo que hemos sido, donde estamos y qué haremos con ello. Por eso requiere honestidad. La suficiente para aceptar que necesitamos “graduación” en nuestra mirada, porque desde la miopía emocional no vemos nada claro.

El humor, en vez de decirlo con gravedad, lo señala con picardía.

Porque el chiste, el buen chiste, rompe resistencias. Derriba verdades rígidas, abre puertas. Lo hace tan sutilmente que a veces solo lo notamos después de haber reído. Ahí reside su poder: es una revelación inconsciente, como el amor…que contagia, que conecta, que no entiende de fronteras ni clases sociales. Es la risa compartida la que transforma y une.

El chiste compara para mostrar algo, no es lo mismo tener dolores en las piernas, que tener las piernas de Dolores. Y esa es la magia: el juego de palabras que confunde la mente, el tiempo suficiente, para penetrar en ella. La ironía es una burla fina, como el gato que se lima las uñas y dice la pizza si la pedí, tus consejos no… o el amigo que declara al otro: meteré tus consejos en mi cuenta bancaria… a ver si un día me generan interés.

Pero cuidado, el humor no es burla. La burla degrada, humilla. El humor, en cambio, revela, pues nos muestra quiénes somos y cómo actuamos, como termómetro de conciencia e inteligencia.

Nos aferramos tanto a lo negativo, que guardamos en la memoria mas historias dolorosas que felices, más personas que nos lastimaron que las que nos arrancaron el dolor con risas, y hacemos de nuestro Diario de Vida un Odiario de «vida»

Todo lo que no es permanente es irrisorio.. por eso ni la muerte se escapa…Como aquel condenado que, camino a la horca un lunes por la mañana, dice con resignada ironía: “Linda manera de empezar la semana…”

Ríete del poderoso que te somete, está del otro lado del espejo.

No por nada, el gran Don Quijote es la obra cumbre de la literatura universal. Porque nos presenta a un hombre que se mueve entre dos mundos: el real y el imaginario. Y lo hace con nobleza, con delirio, con risa. Porque el humor es la única manera de sobrevivir a una vida que a veces se torna demasiado real.

Las buenas anécdotas, las que recordamos y contamos, son solo excusas para reconectar con otros… y a veces para desconectarnos de nosotros mismos.

Porque si algo necesitamos hoy, en esta época de susceptibilidades, es más humor. Más carcajadas profundas. Más juegos, más ironías, más ligereza, que implica nombrar todo por su nombre, aunque nos inventemos palabras.

El verdadero maestro se ríe de si mismo y de sus obras quizá por ello se dice:

¿Quieres hacer reír a Dios?

Cuéntale tus planes.

Tere Hergom

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