
Aunque dicen que no se debe pedir perdón a los hijos, yo quisiera aprovechar este día para hacerlo, como un acto de comprensión y aceptación de mis fallos y errores para que no piensen que son de ellos.
Como madres somos responsables del primer aprendizaje de nuestros hijos, que mas que de lo que decimos, aprendieron a mirarnos: cómo nos relacionamos, comunicamos, si confiamos, aceptamos los fallos y frustraciones. Si sabemos soñar, emprender, reinventarnos..
Aprendieron a querer si se sintieron queridos, y a amar si se sintieron amados. Quizá no saben identificar y nombrar cada emoción y sentimiento, porque nosotras tampoco lo aprendimos.
Hay madres que viven la vida como un esfuerzo continuo, mientras otras se permiten “espacio” para jugar o descansar. Unas remarcan la “casi obligación” de ofrecer lo mejor a los de fuera aunque en casa se coma con cuchara de palo. Y eso es enseñar carencia, y dejarse a uno mismo al final de la lista.
Hay madres que tienden puentes suficientes para que los hijos puedan expresarse, y sentir la confianza de decir lo que sienten. Muchas que los llenan de sus propias expectativas, que sin estar consciente de ello, a veces les piden se hagan cargo de cosas que solo corresponde a los padres, por jerarquía.
Los hijos necesitan sentirse amados incluso en esos momentos que nos es difícil amarnos y por consiguiente amarlos. Hay que mirarnos en un espejo y encontrar en uno lo que resuena positiva o negativamente de cada uno de nuestros hijos, porque son nuestro espejo.
Se necesita reconocer y aceptar la historia familiar. Los roles individuales. Y sobre todo aprender para poder enseñar a decir No, o es suficiente (enough is enough)
Agradecer tu historia es también aprender a decir, “te honro y te agradezco, pero esto lo haré de manera diferente”, y así es como el perdón es la consecuencia directa de esta actitud reflexiva.
En el momento que entendemos que somos sus primeros guías para luego dejarnos guiar por ellos, sobreviene la humildad.
Tere Hergom.