
– ¿Tú como haces para mantenerte tan bien?
– No discuto con nadie.
– ¡No será por eso!
– Pues no ha de ser por eso.
Sentirte dichoso es paz y tranquilidad, un momento en que no existe diferencia entre dicha y amor. Cuando estás feliz, estás amoroso, compartes con todos y no ves diferencias, ni necesidad de demostrar o defender nada, ni te perturbas ante posiciones contrarias.
Lo contrario ocurre al defendernos, no solo por proteger una idea, sino por resguardar nuestra identidad y creencias que no queremos cuestionar ni cambiar. Creer que el otro nos puede quitar valor, percibe todo cuestionamiento como ataque.
Discutir implica desacuerdo. Argumentar resolver una diferencia de opinión sobre la aceptación de puntos de vista.
Comunicar aquello que pensamos, permite interiorizarlo, «bajar la información», y acaso reconcebir una idea. Por ello abandonar el diálogo es perder una oportunidad.
Precisa escuchar, en un acto amoroso hacia uno mismo y el otro, que comprende que en el mundo de las percepciones no existe una verdad absoluta.

En el mundo la búsqueda de paz simpre supone que uno gane y otro pierda. Hablamos de paz pero no somos pacíficos, pues son solo intentos por llegar a acuerdos con un equilibrio aparente.
Escuchar para responder, que solo aguarda el «error», o callar lo que pensamos, impide compartir y supone sacrificar a alguien, no reconocer la valía del otro o la nuestra: para tener uno razón el otro tiene que perder.
Y el resultado nunca será el mismo para ambos, pues al basarse en la desigualdad, convertimos toda relación en una negociación y el conflicto se mantiene, a veces silencioso.
Libérate de la necesidad de tener razón. Pues la necesidad siempre es carencia.
Atacar siempre es un error. Quiere decir que no vemos nada sino a través de nuestro ego. Cuando la “escucha” al otro se basa en el prejuicio que tenemos de él, oir se convierte en traducir, que presupone una actitud de aprecio o desprecio de la persona que da o quita valor a lo que nos puede aportar.
Vivimos en un mundo ilusorio de ideas, todas susceptibles a redefinirse día con día, donde todo cambia y lo que cada uno cree depende de una óptica determinada por una posición de tiempo y espacio.

Saber quien eres en realidad permite abandonar toda batalla. Es escapar de todo lo que te has enseñado a ti mismo en el pasado al mostrarte únicamente lo que eres ahora. Tu aprendizaje no le aporta al presente significado alguno. Nada que jamás aprendiste te puede ayudar a entender el presente o deshacer el pasado. Tu pasado es lo que te has enseñado a ti mismo. No trates de entender ningún acontecimiento, a ninguna persona ni ninguna cosa bajo su óptica pues solo te impedirá ver.
Reconocer que no conozco el significado de nada, libera de la necesidad de tener razón, lo que permite un instante de paz, el instante santo en que se abandona todo juicio, donde en lugar de ver a través de los ojos del miedo, ves a través de los ojos del perdón, de ti y tu pasado.
La paz se alcanza con la unión de mentes, ya sea en el acuerdo o en el desacuerdo, y es de todos o de ninguno pues Tu eres yo, y yo soy tú.
Elegir entre tener razón o estár en paz es elegir entre vivir desde el amor o desde el miedo, pues lo que veo en ti es en realidad el reflejo de mi amor o de mi miedo.
Tere Hernández.
Basado en UCDM.
-Terapeuta
-Estudiante de Un Curso de Milagros
-Maestra Adjunta Na-sa Curarte tu