
La Doctora en Neurociencia Nazareth Castellanos* en su libro El espejo del cerebro nos habla de la importancia de la meditación desde la neurociencia, como una fabulosa capacidad de controlar voluntariamente la atención frente a las distracciones involuntarias.
Un baile donde lo consciente abraza y desenmascara al cautivador y el escurridizo inconsciente.
Explica que esta ciencia no sólo estudia la respuesta del cerebro ante la práctica meditativa, sino que se evidencia el papel que tiene la mente en la transformación del cuerpo. Un ejercicio que consiste en observarse uno mismo para cambiar aquello que se observa.
Invita a recorrer los mecanismos neuronales de la atención y de la emoción para descubrir el cerebro, su tendencia a esconderse del presente, de los hábitos, de las creencias y mirar su habilidad para seleccionar un pensamiento frente a otro, su resignación ante la emoción, pero sobre todo su capacidad de convertirse en espejo de sí mismo.
Comparto con ustedes unas breves notas de este interesante texto:
El cerebro es como una red por donde fluye la electricidad, que parece compuesta de unidades aisladas pero tremendamente conectadas, donde lo importante no es el individuo sino la conexión, pues la información pasa por todas partes pero no se queda en ninguna, sus funciones están en todas las unidades y en ninguna a la vez. Pues lo importante no es el árbol sino el bosque. Hoy sabemos que nuestro cerebro tiene aproximadamente 86.000 millones de neuronas y cada una es capaz de dar y recibir miles de células.
Lo importante del cerebro es la comunicación. Las neuronas se comunican entre sí, se mandan cartas que están escritas en diferentes idiomas que conocemos como ritmos neuronales. Se han identificado cinco idiomas Deltha, Tetha, Alpha, Beta y Gamma. Si hay un ritmo que predomina es el Alpha.
Percibir es siempre interpretar, lo que crea las redes neuronales, en una continua actividad que hace del cerebro el órgano que más energía consume del cuerpo.
Para entender lo que sucede al querer “escapar” de nosotros mismos dice que entramos en un estado semejante a la ensoñación. Nuestros pensamientos, sensaciones y emociones tienen un carácter más bien robótico, transitorio y fugaz, lo que la neurociencia llama redes por defecto o piloto automático, que simplemente actualiza en nuestra vida lo mismo una y otra vez.
Harvard demostró que cuanto más tiempo pasamos en ese estado de baja atención, mayor es nuestra sensación de insatisfacción. No se trata de qué hacemos sino de la atención que ponemos: si barres, barre, si bailas, baila… pero sé consciente, vívelo. La consciencia oscila entre dos puntos: el hacer y el ser. Pero pasamos mucho más tiempo en el hacer.
Para los budistas la herramienta para despertar de ese estado “adormecido” es la atención plena.
La atención es la toma de posesión de la mente.
William James
Meditar inicia con preparar la atención, luego lo más importante es mantenerla, y eso es lo que refuerza la práctica, pues el cerebro aprende con el hábito.
Luego, tras unos minutos llegan las distracciones: picor, dolor, incomodidad, pensamientos de “tengo mucho que hacer”. Los meditadores expertos tienen mayor destreza para detectar la distracción y reorientar la atención. Logran pasar del “modo hacer” al “modo ser”.
Pero el ánimo está en que con tan solo cinco dias de práctica de meditación, se producen cambios notables: la dinámica del corazón se enriquece, su forma de latir es más regulada; también permite moldear el sistema nervioso autónomo, la respuesta del cuerpo: hay un aumento de las áreas frontales que supone más recursos neuronales para sostener la atención.
Basta con cerrar los ojos para que aumente el número de neuronas que cantan a este ritmo. De ahí caminamos a intuir que es mirar dentro.
La mejor arma contra el estrés es elegir un pensamiento frente a otro.
William James
La meditación reorganiza la idea que tenemos de nosotros mismos, al diluír la idea del yo, la identidad que tanto defendemos, y nos hace cambiar.
Al poner la atención en la respiración o en las sensaciones del cuerpo, nos muestra que la emoción y el cuerpo son inseparables: el cuerpo muestra conceptos tan abstractos como la tristeza o la alegría.
Una de las hipótesis más fuertes hoy en día es la interocepción, que habla de las señales que nuestro cerebro recibe del resto de los órganos. Son muchas las voces científicas que sitúan en el corazón la puerta de la percepción. Pero quizás la influencia más conocida del cerebro sea el intestino, al que se ha llegado a llamar el regulador del estado de ánimo. Para el filósofo Henri Bergson, el cuerpo representa la necesidad y la conciencia la libertad.
Pero, ¿A dónde vamos cuando dejamos de estar presentes?
Nos vamos a un estado de falta de consciencia, estamos recordando, y sobre todo hablando, desde esa voz egocéntrica que narra nuestra existencia. Al dejar la mente a la deriva, sobreviene la corriente de pensamientos, sensaciones y sentimientos que se proyectan en el exterior.
El tiempo durante el cual somos, vemos y evocamos recuerdos, confirman y justifican la emoción que nos secuestra, y apoyan nuestra visión de la situación actual, pues el pasado, siempre relativo, sólo nos muestra lo que queremos ver.
Esa es la vida privada en el cerebro, la red neuronal por defecto que si bien es necesaria como el estrés, en abundancia es dañina, pues nos sumerje en un mar de recuerdos, planes y tsunamis de palabras.
El 70% del contenido de esa voz es autobiográfico, y nos tiene a nosotros como narradores autonarrados. Este monólogo interior es mayor en personas con estados de ansiedad, baja autoestima o conflictos internos.
Uno de los antídotos para combatir el diálogo interior consiste en llevar la atención a las sensaciones del cuerpo, en un ejercicio de conciencia corporal en el que uno va recorriendo su cuerpo y el diálogo interior se aquieta.
Se calcula que pasamos la mitad de nuestro tiempo despiertos en esta red de ensoñación, y que alrededor de un 80% de toda la energía que utiliza el cerebro se despliega en circuitos sin relación alguna con acontecimientos externos. Es lo que Santa Teresa de Jesús llamó La loca de la casa.
Una mente que divaga es una mente infeliz. Es no hacer aquello que estamos haciendo, sino ejecutarlo como autómatas. Hacer sin ser.
No lloro porque estoy triste, estoy triste porque lloro.
William James
Así la calidad de vida es mejor en quienes tienen una menor actividad de la red por defecto, se reduce el dolor en pacientes crónicos, y es un marcador biológico del desarrollo del Alzheimer.
Pero la conducta y el cerebro pueden reorganizarse. Para ello es necesario reconocer primero que las emociones tienen un carácter automático, aprendido. Y a partir de ahí, observarlo y reeducarlo.
Saberse secuestrado es el primer paso para liberarse. Atender el momento presente sin juzgar. Observar los pensamientos, sensaciones y emociones, vivirlos a la vez que se observan. Ser actor y espectador.
Esto se llama gestión emocional, clave de la inteligencia emocional. Es la plasticidad neuronal, la propiedad del cerebro de transformarse mediante el aprendizaje.
Dice una elegía de Rainer maría Rilke: “ Los recuerdos en sí mismos no son importantes. Sólo lo son cuando se ha transformado en nuestra propia sangre, en mirada y gestos, y no tiene nombre, cuando ya no se pueden distinguir de nosotros”.
La meditación es un baile entre lo voluntario y lo involuntario, y produce según Mathieu Ricard, desapego neuronal.
El silencio no se puede acallar.
Ibn Arabi.
Existe un camino en corto período para cambiar nuestras redes neuronales y lograr los cambios para manifestar la vida que deseamos experimentar. Se llama NeurospiritualDynamics.
Si desean más información pueden solicitarla a esta dirección de mail:
Tere Hernández.
Terapueta https://aainwithyou.wordpress.com
Estudiante de Un Curso de Milagros
Maestra Adjunta Na-sa Curarte tu https://curartetu.org
*Nazareth Castellanos licenciada en Física Teórica y doctora en neurociencia. Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid.