
Desperté sin intención, y me sobrecogió la misma soledad de cada día. En un suspiro me llené de todo el vacío que ha colmado mi vida, y comprendí que ya nada valía la pena.
Me senté a escribir mi despedida y, con tan solo unas líneas precisé acercarme a la ventana, para intentar atrapar en un respiro, todo el aire que pasara.
Observaba frente a mí la misma imagen, que he mirado todo este tiempo: cuántos rostros pasando inadvertidos; fiel reflejo de mí mismo, de mi soledad bien guarecida.
Torpemente al querer darme la vuelta, de un golpe casi cae en picada la maceta, y en un brusco movimiento seguí el instinto de mi mano por salvarla.
Mientras ella pendía retenida, yo quedé atorado y lastimado, con un dolor intenso en mi costado. Me aferré a ella, para evitarle el desplome… sé bien lo que es caer y hacerse trozos.
Una lágrima contorneaba mi mejilla, y mis manos parecían pedirme a gritos, que salváramos el último rastro de esos días, cuando sentía como se iba entre mis dedos, tal como se ha ido lo que más quería.
Quizá no sea el destino, sino la tonta forma en que en que he tomado las riendas de mi vida –pensé, casi suspendido.
Decidido a no caer en más lamentos, y haciendo acopio de esa fuerza que creía extinta, de un tirón pude regresar esa maceta, y posarla en la ventana.
Me quedé sin palabras frente a ella. No se cuánto tiempo pasé sólo mirando, mi vista fija en el barro que parecía festejar ese retorno, moviendo en la ventila, sus hojas sin reparo.
En cuanto me senté, miré mi carta, traté de releer lo que había escrito. Entonces sonó el teléfono, levanté la bocina y escuché una voz que me llevó, al igual que a nuestro tiesto, de regreso a la buhardilla:
–¿Estás bien papá?
Tere Hernández. (Tere Hergom)