
Caminaba por la playa mientras él la seguía con la mirada. La acompañaba siempre su viejo mastín, buen cuidador, aunque a cierta distancia del agua que rompía en una alfombra de espuma; y paciente, cada vez que ella se inclinaba a recoger sus piedras blancas… y solo en ocasiones, alguna negra.
Desde la casa él la miraba contonearse y girar sobre la arena, recostarse y estirar sus brazos moviéndolos de arriba abajo hasta formar un círculo a su alrededor. La perdía de vista al recorrer el camino de siempre a lo largo de la playa. Sus ojos la encontraban de regreso, a tiempo para preparar la comida y sentarse juntos hasta que el sol enrojecido despedía la tarde. Entonces, al cobijo de la luna y con el apoyo de la lámpara de pie, leían hasta muy tarde. En ocasiones bajaban hasta el pueblo a tomar una copa y escuchar algo de música.
Así fue desde el primer día, a partir de que llegaron a vivir ahí. El trabajaba en sus diseños y a ratos la contemplaba… siempre tan llena de vida. A decir verdad, no sabía si era el mar el que le daba la vida, o era ella quien le daba la suya.
Así eran esos días, hoy lejanos, si es que ella no debía viajar en alguna gira con la compañía, o él tuviera que desplazarse para dar seguimiento a algun proyecto.
Llegó el tiempo en que ya no la miraba bajar, en que juntos observaban el mar romper sobre la playa, o ella era quien lo observaba a él, recoger sus piedras blancas…y alguna negra en compañía del viejo mastín, quien con sus gestos y profunda mirada de ojos color avellana, la miraba desde abajo lamentando su ausencia.
Hasta el mar la echaba en falta. A veces, por la noche, golpeaba la playa embravecido como reclamándola.
Una noche quiso bajar hasta la playa. El la cargó en brazos y una vez ahí la recostó sobre la arena. Ella le pidió sus piedras. Mientras con ellas dibujaba un papalote sobre la arena, él no pudo evitar quedarse dormido. Las negras formaron el armazón, las blancas simulaban la tela y la cola, que poco a poco fue alargándose hasta llegar al agua.
El despertó con el hocico del mastín tirando de su camiseta. Ella ya no estaba ahí. Ante sus ojos un precioso papalote se extendía sobre la arena y su gran cola corría hacia ese mar que parecía sujetarlo cuidadosamente al mecerse mas tranquilo que nunca.
Tere Hernández